La ilusión de todo un país duró 96 minutos.
El Estadio Azteca rugió como pocas veces en su historia. Más de 85 mil almas vistieron de verde las tribunas, convencidas de que esta generación estaba destinada a romper la maldición y colocar a México entre los ocho mejores del mundo.
Y durante largos pasajes del partido, pareció posible.
Desde el primer minuto, la Selección Mexicana salió a jugar con el corazón en la mano. Cada balón se disputó como si fuera el último, cada carrera se convirtió en una batalla y cada recuperación fue celebrada como un gol. Inglaterra, favorita por historia y talento, se encontró con un rival que no estaba dispuesto a rendirse.

Pero el futbol, a veces, también es cruel.
Los ingleses golpearon primero. Un descuido defensivo permitió que los “Three Lions” encontraran el espacio necesario para abrir el marcador y silenciar momentáneamente al Azteca. Sin embargo, México respondió como responden los equipos que se niegan a morir.
El empate desató la locura. El estadio volvió a convertirse en un volcán y la esperanza regresó a millones de hogares mexicanos. El sueño estaba vivo.
La segunda mitad se transformó en una batalla épica. Inglaterra recuperó la ventaja aprovechando su poder ofensivo, pero México volvió a levantarse. Cada ataque mexicano parecía empujado por los miles de aficionados que no dejaron de cantar ni un segundo.

Cuando llegó el segundo gol mexicano, el Azteca explotó. Los abrazos entre desconocidos, las lágrimas y los gritos de euforia hicieron pensar que la historia podía escribirse de otra manera.
Pero los campeonatos del mundo suelen definirse por pequeños detalles.
A pocos minutos del final, Inglaterra encontró el gol que terminaría por romper el corazón de México. Un golpe devastador, inesperado, silencioso. Durante algunos segundos, el estadio quedó paralizado.
Y aun así, México siguió peleando.

Los últimos minutos fueron un ejercicio de resistencia, orgullo y amor propio. El balón fue lanzado una y otra vez hacia el área inglesa. Cada centro representó la última esperanza de un país entero. Cada rechace de la defensa británica acercaba el final de un sueño.
El silbatazo final llegó como una sentencia.
Los futbolistas mexicanos cayeron sobre el césped. Algunos lloraron desconsoladamente; otros permanecieron inmóviles, mirando al vacío, intentando comprender cómo una ilusión tan grande podía escaparse de las manos.
Mientras Inglaterra celebraba el pase a los cuartos de final, el Estadio Azteca despidió a su selección con una ovación monumental. Porque aquella noche México perdió un partido, pero ganó algo más difícil de conseguir: el respeto del mundo.
La Copa del Mundo 2026 seguirá sin México en competencia. Pero el recuerdo de este equipo, que luchó hasta el último suspiro ante una potencia histórica, permanecerá grabado en la memoria de una afición que, una vez más, sufrió, soñó y creyó hasta el final.